Yo tengo poder. Especialmente -¿o tal vez únicamente?- sobre los humanos que tienen miedo. Yo huelo el miedo y me aprovecho de ello para escalar de mi posición de chucha mindungui a líder alfa. Es fácil. Lo llevo en los genes. Algunos humanos también lo hacen muy bien, aunque no les vaya la supervivencia de la especie en ello. Hace unos días, una amiga de mi humana favorita fue a hacerse una prueba médica. Llevaba el miedo escrito en la cara. Impregnado en el alma. Y lo transpiraba. Y la humana que debía hacerle esa prueba pensó que ese era su momento de gloria, su forma de escalar hacia lo más alto de la deshumanización chunga -de la deshumanización buena ya hablaré otro día-. Le gruñó, le mordió, le propinó todas las dentelladas que pudo, mientras se iba hinchando de placer al considerarse tan importante y poderosa. Convertida así en Dios, le vaticinaba un futuro terrible a la amiga de mi humana. El diagnóstico fue no sólo desafortunado, sino también erróneo. Pero la amiga de mi humana estuvo un mes destrozada, pensando en las palabras de esa humana poderosa. Alguien debería ponerle un bozal a esa hija de la gran puta que, además, no pasa de chucha mindungui ni de lejos.
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