Tiene gracia la expresión. Hace unos días, uno de mis humanos favoritos pegó un frenazo en plena autovía, hasta quedarse totalmente parado, para no atropellar a un perro que, totalmente desorientado, la cruzaba como buenamente le permitía su pánico. El resto de humanos conductores que circulaban por ahí en ese momento tuvieron los mismos buenos reflejos y el pobre perro y mi familia resultaron, milagrosamente, ilesos. Permitidme que, pasado el susto, me ponga grosera y pida por favor que a las personas que abandonan animales -en la carretera, en un contenedor o en una caja en medio de la calle- se les llame por su nombre: hijos de puta.
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